Cinco recuerdos de Jaime Guzmán

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Por José Piñera
[EyS Nº 78, abril/junio 1996]

"Dí la verdad.
Dí, al menos, tu verdad.
Y después
deja que cualquier cosa ocurra:
que te rompan la página querida,
que te tumben a pedradas la
puerta,
que la gente se amontone delante de tu cuerpo
como si fueras un prodigio o un muerto".

Heberto Padilla, poeta cubano
(humillado y encarcelado por Fidel Castro).

Recuerdo que mi admiración por el verdadero servicio público se acrecentó cuando leí, en mis años de estudiante en la Universidad de Harvard, el libro de John F. Kennedy, "Perfiles en Coraje". Allí se relatan varios casos de senadores norteamericanos que, enfrentados en algún momento de su vida a una elección entre lo que les dictaba la conciencia o lo que parecía políticamente conveniente, optaron por lo primero aún al precio de acabar con su carrera política.

A veces he pensado en escribir un libro similar. No tengo dudas de que Jaime Guzmán tendría un derecho adquirido para estar en él. Pagó su postura contraria a una reforma constitucional que permitía indultar terroristas no sólo con su cargo sino con su vida. Ese ejemplo de coraje no puede jamás olvidarlo el país.

Al cumplirse cinco años de su asesinato por terroristas de izquierda, quisiera contribuir a su recuerdo narrando brevemente cinco episodios claves, entre los muchos que me tocó vivir con él.

La comida de 1977

En 1977 Chile sufría el aislamiento internacional, amenazas de boicot, antagonismo del presidente Carter, e incluso divisiones y confusión interna. Ante esta situación, poderosos grupos cercanos al gobierno de reconstrucción nacional clamaban por una "economía de guerra" en la cual el Estado intervendría de tal manera que significaría el fin del modelo económico liberal y del proyecto democrático.

Para enfrentar esta gravísima amenaza, con Jaime organizamos una comida en su departamento con los tres ministros claves del gobierno: Sergio Fernández de Interior, Hernán Cubillos de RR.EE. y Sergio De Castro de Hacienda. También invitamos a Manuel Cruzat para que diera su visión de como podía enfrentarse esta presión desde la perspectiva empresarial.

Esa larga noche del 25 de Mayo de 1977 nos comprometimos a redoblar esfuerzos por profundizar el modelo económico, iniciar las grandes modernizaciones y lograr la aprobación de una Constitución que estableciera el camino para el retorno gradual y pacífico a la democracia. Desde aquel día hasta marzo de 1990 en que culminó el extraordinario proceso de refundación de Chile, trabajamos juntos con Jaime para hacer de Chile una gran nación.

Como escribí a la semana de su muerte, "el motor y la voluntad política más persistente para encauzar al régimen militar por el camino del derecho y de la democracia fue Jaime Guzmán" (El Cascabel al Gato, Mayo, 1991).

La colaboración de 1979

Una amistad se transforma en algo muy profundo cuando ella se consolida en una trinchera común. Así sucedió cuando, ya Ministro del Trabajo y Previsión Social en 1979, tuve que enfrentar la amenza del boicot al comercio exterior por la AFL-CIO y al mismo tiempo elaborar las leyes pro-empleo y pro-libertad del Plan Laboral.

Jaime comprendió al instante que la filosofía de libertad individual y despolitización que estába proponiendo para el mundo sindical era coherente con aquella del credo gremialista en los recintos universitarios, que él había liderado por años. Me ofreció desde el primer día una colaboración sin restricciones. No sólo hizo excelentes aportes a la ley de organizaciones sindicales (D.L. 2756), sino que además fue clave en la concepción de la ley de asociaciones gremiales (D.L. 2757). De esta manera se instauró en Chile, en forma simétrica, la libertad en el ámbito de las organizaciones de trabajadores y también en aquél de las asociaciones de empresarios y profesionales.

Jaime también fue insustituible al momento de enfrentar la batalla comunicacional. Recuerdo que lo enviaba a buscar a su casa, tras su sagrada siesta diaria, en un auto con chofer, ya que nunca aprendió a manejar. Llegaba con su máquina de escribir prehistórica y se instalaba en una sala contigua a redactar. Nadie hacía mejor un comunicado de prensa que Jaime Guzmán. Era claro, lógico y contundente. Y no desprovisto de una cierta ironía que podía ser demoledora.

El ofrecimiento de 1988

Vinieron los años de la recesión y nuevamente luchamos juntos para que se conservara el modelo económico y se cumplieran los caminos constitucionales. Tras el plebiscito presidencial del 5 de octubre de 1988, se vivieron días de incertidumbre. Algunos creían que toda la obra refundacional se vendría abajo. No compartía esa visión. Estaba seguro de que el modelo económico había cambiado profundamente al país y que la mayoría de la gente lo apoyaba. Así lo expresé con fuerza a los pocos días -el domingo 9- en un programa de televisión dirigido a los jóvenes.

Al día siguiente me llama Jaime Guzmán y me pide si puedo pasar a verlo. Y en presencia de Luis Cordero, por quien sentía un especial aprecio, y ante mi sorpresa, me pide encarecidamente que sea candidato presidencial en las elecciones que tendrían lugar un año después.

Me emocionó hasta la médula de los huesos, pues comprendí todo lo que encerraba ese gesto de confianza viniendo de una persona como Jaime. Sin embargo, en 1988 no estaba preparado para asumir un compromiso de esa magnitud.

La defensa de 1990

Nos vimos con menos frecuencia durante su año en el Senado. Pero pude comprobar como florecieron sus cualidades naturales -rigurosidad, inteligencia, caballerosidad y, sobre todo, convicciones fuertes- que lo transformaron en el mejor senador chileno.

En dos ocasiones volvimos a luchar juntos, pero esta vez para evitar graves retrocesos. Primero, para denunciar el error que fue la reforma tributaria del 90, en que se quebró la tendencia a contener el gasto público y la carga tributaria y se abrió la puerta nuevamente al ciclo de alzas de impuestos y gastos. La segunda para enfrentar el proyecto que había presentado el gobierno y que desmontaba el Plan Laboral. La primera batalla la perdimos. Pero la segunda la ganamos, ya que finalmente los ajustes fueron mínimos gracias a que hubo una oposición categórica. En ambas, se las jugó con todo el senador de la UDI Jaime Guzmán.

La despedida de 1991

Vi a Jaime por última vez a fines de marzo de 1991, una semana antes de su muerte. Con María Elena, habíamos invitado a nuestros amigos Mario Vargas Llosa y Patricia a comer en el Club de Golf. Uno de los temas de nuestra conversación había sido aquel del terrorismo y Mario enfatizó la gravedad del problema en Perú y cómo había que hacer todos los esfuerzos por contenerlo.

Al salir veo a Jaime tomándose un café con Andrés Chadwick. Nos acercamos, los presento y se produce un encuentro sumamente interesante. Al despedirnos, quedamos de juntarnos pronto. No lo vería más.

En estos tiempos en que "el nivel político es pobre y mezquino; hay derecha e izquierda, pero no hay profundidad ni altura" (Solzhenitsyn), extraño enormemente a mi amigo Jaime Guzmán.

 

 

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